Las mentiras blancas: ¿Por qué las usamos?

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Si sombrear algunos aspectos de la verdad tiene sus beneficios en las relaciones sociales, entonces ¿por qué algunas personas insisten en la honestidad a toda costa? En algunos casos, estos individuos pueden ser producto del medio familiar en el que se suscitaron. Muchas personas simplemente optan por la honestidad porque mentir les resulta demasiado complicado o los pone demasiado ansiosos.

Desde esta, perspectiva, decir todo lo que se nos ocurra sin filtros, resulta realmente fácil: no hay nada que tener en cuenta a la hora de hablar. Pero no todas las personas que se rigen estrictamente a la verdad son escrupulosas o ingenuas sociales. Algunas utilizan la verdad para lastimar a otros. Dicen una frase agresiva o una crítica cruel y luego se justifican: ‘Bueno, sólo estoy siendo honesto».

La mayoría de las tradiciones religiosas y filosóficas incluyen alguna versión de la máxima «no levantarás falso testimonio», lo que fácilmente podría entenderse como aplicar este tipo de políticas extremas en nuestra vida cotidiana. «Decir la verdad nos ayuda a dormir por la noche con la conciencia tranquila«, nos dicen los educadores religiosos. Pero para muchos científicos sociales, la mentira y la verdad no presentan un dilema ético universal, sino que dependen de cada situación puntual.

«La gente que dice mentiras suele estar muy orientada a lo que piensan y esperan las otras personas», explica Bella DePaulo, psicóloga de la Universidad de California. Decir «mentiras blancas», como que nos encantó ese pantalón verde pálido que nuestra tía querida nos regaló la Navidad pasada, no es un signo de que nuestra moral esté en bancarrota: por el contrario, es una evidencia clara de que estamos en sintonía con los sentimientos del otro. La verdad es un regalo valioso siempre y cuando esté bien presentado.